CINCO
Termine segundo de bachillerato en ese colegio, habilitando biología y teniendo que desatrasar los cuadernos de todas las materias, gracias a los ruegos y suplicas de mi madre.
AÑO 1966
Para ingresar a tercero de bachillerato, mi madre logro conseguirme cupo de nuevo en el colegio académico con la ayuda de la secretaria Nidia Vivas, quien nos tenía mucho afecto. Me rencontré de nuevo con Benito Rueda, quien andaba entusiasmado con la música de la nueva ola y se mantenía cantando "la chica mala", interpretada por Enrique Guzmán y Cesar Costa, Alberto Vásquez, entre otros, para participar en un concurso en la emisora "Voces de Occidente", donde Hugo Rengifo se destacaba como interprete juvenil.
En las clases, alzábamos la tapa del pupitre para entonarla. Volvimos un poco a las andanzas de la rumba con Jorge Triviño. En un reinado del colegio "Escuela Remington de comercio", apoyamos a Judith Pérez, como candidata. Le decíamos "mama" por qué ella nos daba muchos besos y abrazos cariñosos. Ella tuvo un hijo con Rodin Ackerman, de ascendencia judía, quien no respondió por ese hijo y se fue a vivir a los Estados Unidos, junto a su hermano Vladimir. Ese año también lo llevaba perdido hasta que Benito Rueda se fue a vivir a Bogotá en el mes de Diciembre. Quede como en el limbo, vacío de amigos.
Me junte con Tulio Cesar Salgado, especialista en el recochineo (recochero), mamagallista. Un día me propuso que nos cortáramos el pelo hasta quedar calvos. Utilizamos gorras azules en forma de boina. En el salón jugábamos con papel arrugado en forma de bola y al que la dejara caer, todos le golpeaban. En una ocasión, alguien nos quitó las boinas y empezaron a tirarla de mano en mano circulando por todo el salón. Llego el profesor encargado de la disciplina y los dueños de las boinas fueron sancionados con tres días de clase. De ese grupo 3C, conformado por aproximadamente cincuenta compañeros, recuerdo entre otros al tartamudo Medina que se enojaba cuando lo arremedaban, casi me tira del segundo piso. A Olmedo quien tenía mucha fuerza y en una pelea buscada por él logre dominarlo evitando que me apretara el cuello. Orlando Rojas, Guambia, de piel morena, excelente jugador de futbol, Héctor Fabio Peña, Guillermo León Vallejo, poeta cuyo padre era vendedor de libros y no vivía con él. Me leía sus poemas escuchándolo con interés. Rafael "chibcha" Soto.
Yo no le encontraba sentido al estudio, tal vez por la situación familiar y el profesorado, y no sabía qué hacer. Los profesores eran tiranos y menospreciaban a los alumnos. Una tarde, el profesor de español, de apellido Guarín, de baja estatura, se burlaba de Guambia, haciéndole repetir la palabra "ómnibus" que no podía pronunciar correctamente. De pronto escuche un murmullo de voces que llamaban a todos los estudiantes a bajar al patio de formación para escuchar al compañero Paco Rengifo, repitente del sexto grado. Me escape de la clase para escuchar lo que decía, en tono filosófico y convincente, que las compañeras del colegio femenino "Instituto Julia Restrepo" de la ciudad de Tuluá, vecina de Buga, distante a 15 minutos en carro, estaban adelantando una huelga desde hace varios días, habiéndose tomado las instalaciones del colegio, y se encontraban siendo amenazadas por la policía de ingresar a la fuerza para sacarlas de allí. Solicitaban el apoyo de todo el estudiantado de la región.
El rector del colegio Académico, de apellido Cayetano, en ausencia temporal del tirano vicerector Daniel Payan, había dado permiso para que una comisión de estudiantes fueran a Tuluá. Siendo las cuatro de la tarde, salimos para Tuluá aproximadamente entre 15 a 20 compañeros. Bajando hacia la estación por la carrera quinta, arrime a mi casa, ubicada en el trayecto, calle 16 entre carreras quinta y sexta, muy de prisa y sin mayores explicaciones, guarde mis cuadernos y me despedí de mi madre, abuela y hermanos, incluyendo a mi hermana mayor Lilly, quien se encontraba embarazada y recién llegada de Santa Marta. Se encontraba viviendo en la casa de la familia Hernández en la carrera 8 entre calles 15 y 16, quienes se habían ido de la ciudad, dejándonos el encargo de cuidársela, con todos los muebles y enseres.
Abordamos un bus de la empresa "expreso Trejos", llegando al colegio de Tuluá a las 6 de la tarde, entrando la noche. El colegio estaba rodeado de policías y gente observando con curiosidad y expectativa. Se respiraba una tensa calma. Las compañeras nos recibieron como héroes y entramos a participar de la toma. Yo estaba tranquilo y decidido de estar allí hasta las últimas consecuencias. La presencia de las compañeras y su espíritu combativo me animaba. Nos expusieron la situación y se repartieron las tareas. A media noche, llego la noticia del posible ingreso de la policía. Los compañeros al notar mi corta edad, le pidieron el favor a un compañero del colegio "salesianos" de una congregación religiosa masculina, para que me llevara a dormir en su casa, desde la cual llame a mi casa para avisarles que me quedaba esa noche.
Al otro día, cinco de la mañana, me dirigí al colegio tal como se había acordado la noche anterior, para ir en comisión a Buga, dar información y conseguir apoyo. Éramos cuatro: Paco Rengifo, Stella, Nora y mi persona. Stella era rubia, alta, blanca de ojos azules. Nora era trigueña, mediana estatura, ambas muy bonitas. El problema del Instituto Julia Restrepo era el mismo de todos los colegios oficiales de la época, tiranía, mal trato, baja calidad educativa, corrupción, falta de cupos, entre otros males. Pedían la destitución de la rectora Dioselina y otras profesoras. A eso de las siete de la mañana llegamos a Buga a la casa de Paco ubicada en la carrera 8 con calle 20, cerca del coliseo de ferias. Era una casa sencilla que conservaba las características de las casas veredales. Su madre y hermana nos atendieron bien, desayunamos y luego nos dirigimos al colegio Académico, pasando por todos los salones para invitar a los estudiantes a una reunión inmediata en el parque Cabal. Asistieron aproximadamente 100 compañeros, principalmente de los cursos inferiores, primero, segundo y tercero de bachillerato, y algunos de cuarto como Eduardo Martínez. Muchos de ellos eran amigos de la gallada del parque del cementerio como chiva y Jairo Potes, quien tenía un equipo de futbol en tercera división llamado "Cúcuta deportivo" y me había invitado a jugar en su equipo. Era un centro delantero fuerte y goleador, echado para adelante, no le valían ni las zancadillas, ni las patadas. En varias oportunidades nos habíamos enfrentado.


Elaboramos pancartas improvisados en cartulinas y nos dirigimos hacia la estación del tren, cantando el himno del colegio:
CORO
Salve claustro de heráldicos timbres
De Colombia preciado blasón
Que es taller de la ciencia y es templo
Consagrado a la fe y al honor.
I ESTROFA
Canten otros sus glorias pasadas
Que fue antaño academia y cuartel
Que en la paz fue morada de sabios
Y en la guerra trinchera y broquel.
II ESTROFA
Buga, Buga letrada y castiza
Milagrosa ciudad Señorial
el Colegio Académico es gloria
y es bastión de su noble heredad
III ESTROFA
A nosotros por alto destino
Su tesoro confió la ciudad
El colegio es el arca gloriosa
Cada alumno su noble guardián
IV ESTROFA
Con las almas echadas al viento
Como alegres banderas al sol
Con los libros cumplimos la cita
Que nos dan el deber y el honor.
V ESTROFA
El colegio académico enseña
La virtud y la ciencia a la par
Y está escrito en sus muros patricios
Libre solo te hará la verdad.

Abordamos en un vagón desocupado de un tren de carga rumbo a Tuluá. Nos dirigimos al Instituto Julia Restrepo. Se organizó la olla para el almuerzo y los preparativos para realizar una manifestación. El compañero Eduardo Martínez se acercó para decirme que lo acompañara al centro de Tuluá a realizar una diligencia. Me invito a almorzar y me sugirió que esperáramos un poco. Regresamos al colegio a eso de las tres de la tarde cuando la manifestación estaba saliendo del mismo con rumbo hacia la variante en el sitio donde confluía con la carretera central del valle, formando una ye ("Y"). Delante de la manifestación habían 3 banderas de Colombia muy grandes llevadas por compañeras del Julia Restrepo. Intente unirme a la marcha pero el compañero Eduardo me lo impidió. No entendí esta actitud pero me pareció que tenía la orden de cuidarme, no sé porque. Acepte de buena gana y comprendí que tenía muchas cosas por aprender, por conocer, ya que no eran tan espontaneas ni mágicas como se piensa superficialmente cuando surgen las emociones.
En la estación, abordamos un bus de "expreso Trejos" para regresar a Buga. Cuando llegamos a la salida de Tuluá, en el sito de intersección con la carretera central, estaba bloqueada aun por los manifestantes, presenciando un espectáculo dantesco, heroico, terrible. Habían varias volquetas llenas de estudiantes detenidos por la policía, desde una de ellas, Paco Rengifo arengaba increpando e incriminando a la policía mientras el grueso de la manifestación con las compañeras del instituto Julia Restrepo al frente chocaban contra la policía quienes golpeaban con las culatas de sus fusiles las partes nobles de ellas, los senos y la vagina. Por otro lado, compañeros del Académico atacaban a la policía con piedras. Mire a Eduardo para preguntarle si nos bajamos a participar del enfrentamiento, pero el no acepto. Mire por la ventanilla del bus y el compañero conocido con el apodo de "chiva", nos vio y nos preguntó que para dónde íbamos, que nos bajáramos a colaborar. Yo le contesto que íbamos por más gente y estuvo de acuerdo.
Al llegar a Buga, sentí que mi espíritu había cambiado. Tenía un secreto por guardar, algo por hacer y mucho por conocer y aprender. Los sucesos de Tuluá me traumatizaron pensando en el dolor y ultraje sufrido por las compañeras del instituto Julia Restrepo y comencé a cuestionar al sistema capitalista, culpable de la situación de pobreza de la inmensa mayoría de la población entre ellas mi familia. Las fuerzas armadas legales e ilegales que defienden el sistema capitalista, dejan de ser gente, dejan de pensar, razonar y actuar con su propia inteligencia y voluntad, para someterse, enajenar su conciencia, y supuestamente no ser responsables de sus actos en servicio al sistema represivo.
Al día siguiente, el colegio Académico entero comentaba lo sucedido en Tuluá. El vicerrector Daniel Payan, cita a una reunión urgente para esa misma noche a padres de familia en el salón paraninfo del colegio. Invito a los padres a reprimir a sus hijos para evitar conductas no deseadas y anuncio el despido de los alumnos responsables que participaron en esos actos, orientados por agitadores comunistas. Los despidos llegan para aproximadamente 20 alumnos entre ellos al negro José Valencia, Paco Rengifo, Carlos Parra, Héctor León Moncayo, Mario Arcila, Moritz Ackerman, Diego el del almacén de venta de objetos religiosos, muchos de los cuales no participaron, pero estaban reconocidos como comunistas. Estos se pusieron al frente de la situación y lo primero que se hizo fue reunirnos todas las noches en el parque Bolívar para discutir las acciones y tareas, estrategias y tácticas a realizar. Los que no fuimos despedidos nos solidarizamos con la causa, espiábamos, hacíamos agitación, organizábamos y manteníamos informados a los compañeros despedidos. Se actuó en un principio acudiendo a la legalidad con la secretaria de educación y otras entidades denunciando las anomalías por prensa y radio, solicitando el apoyo de la ciudadanía y la de los estudiantes de otros colegios, tal como lo hicieron las compañeras del instituto Julia Restrepo.
Habían transcurrido unos 10 o 12 días desde la expulsión de los compañeros, cuando una noche, estando en una cafetería bar denominada "chechos", ubicado en la carrera 7 entre calles 12 y 13, a cuadra y media del colegio, Paco Rengifo propuso tomarnos el colegio, ingresando por una ventana de uno de los salones del primer piso por la carrera 13. Nos ofrecimos Carlos Arturo Parra, Bejarano quien tenía barros en su cara, mi persona y otros dos compañeros a quienes no recuerdo su nombre. Con nosotros estaba el compañero Guillermo León Vallejo, quien nos recomendó prudencia y nos deseó buena suerte. A media noche, violentamos la ventana y penetramos al patio donde el vigilante Carlos Paz, después de pasarle el susto, decidió apoyarnos. La misión principal que tenía el compañero Carlos Parra, era encontrar los documentos que comprometían al vicerrector Daniel Payan y demás directivos, con un negociado consistente en el manejo y destinación de recursos financieros que habían sido asignados por el gobierno para construir un nuevo colegio, dotado de modernas instalaciones, laboratorios y dotaciones educativas. Buscamos en los cajones de todos los escritorios hasta encontrarlos. Luego procedimos a sellar todas las entradas con palos y clavos. Dormimos en unos colchones empolvados encontrados en un salón de chécheres.
Al día siguiente, nos levantamos temprano y esperamos las siete que era la hora de entrada. Empezaron los murmullos, los gritos y los golpes en la puerta. Afuera, los compañeros anunciaban el inicio de la huelga y trataban de impedir que alguien entrara. Se formó un alboroto que no podíamos observar ni oír en forma clara. A eso de las 10 de la mañana, un grupo de estudiantes que no apoyaban la huelga, se treparon a una de las ventanas del segundo piso y lograron entrar, encabezados por un compañero de apellido Ríos. Estaban muy disgustados y procedieron a abrir todas las puertas de entradas.
Después de ese primer intento, siguieron otros, la consigna era tomarse el plantel y hacer la huelga. La normalidad académica se volvió anormal. Los profesores se mantenían alertas y por las noches se reunían para analizar la situación, vigilar y evitar la toma. En otro intento, varios compañeros nos escondimos en varios salones después de la salida a las 6 de la tarde. Como a las siete, los profesores nos descubrieron, entre ellos el profesor Moncayo de historia a quien le decían "Montesquieu" por su fervor a las ideas de este famoso escritor francés. Las expulsiones aumentaron, así como aumento el apoyo a los compañeros expulsados y a la huelga. En otro intento, al compañero Bejarano, lo aventaron desde una ventana del segundo piso por la que intentaba ingresar. Los enfrentamientos con los profesores y compañeros que no apoyaban se agudizaban hasta que la noche en que se tomó al colegio en forma definitiva, estos fueron sacados a puño limpio. De inmediato se bloqueó la calle con pupitres y empezó todo el agite del paro.
En respuesta a la toma del colegio, los profesores habilitaron algunas escuelas de la ciudad convocaron a clases al estudiantado del académico. La agitación, la denuncia y el saboteo, impedía que tuvieran éxito. Dentro del plantel, todo era euforia, alegría, entusiasmo, optimismo, compañerismo, solidaridad. Nos turnábamos para hacer guardia, día y noche. Empezaron a visitarnos compañeros de otros colegios de la región y a recibir su apoyo. Se admiraban al ver que la mayoría que apoyaban el paro eran estudiantes de los grados inferiores, de primero a cuarto, edades entre 11 y 15 años. Rafael Quintero, hijo de un profesor, me pregunto si yo apoyaba el paro. Gerardo Quevedo, amigo desde la niñez, también se unía al paro. El gobierno nacional y departamental mandaba funcionarios como la doctora Betina Franklin y hasta el propio ministro de educación estuvo en una reunión. Era admirable la beligerancia y capacidad negociadora de los dirigentes de la huelga. Entre tanto, la relación con las compañeras del instituto "Julia Restrepo" de Tuluá, cada vez era más sólida, al igual que con las compañeras del "liceo femenino" de Buga.
Una noche fuimos a Tuluá a una reunión bailable, de integración y descanso. El compañero Jairo Potes llevo un buzo blanco. Para bailar, se lo quito y me lo entrego pues yo no estaba bailando. Me lo puse pues hacia un poco de frio y me dedique a escuchar a los compañeros dirigentes. Quería enterarme de sus planteamientos, analizarlos, aprender.
Por esos días asistí a una reunión secreta con el padre Camilo Torres y Diego Montaña Cuellar, dirigentes del frente unido popular contra el frente nacional oligárquico. Camilo ya estaba en la guerrilla. La consigna era impulsar la lucha armada y la insurrección popular. A los pocos días, el 15 de febrero de 1966, murió en combate contra el ejército de la oligarquía.
El paro se prolongó demasiado. Las calles aledañas al colegio, se llenaron de pupitres y llantas con agua a las cuales se lanzaban químicos cuyo contacto producían explosiones y salía humo. También se quemaban llantas para mantener alejada a la policía. Los bomberos en una ocasión, intentaron apagarlas, y desbloquear las calles, pero fueron desalojados con piedras, hiriendo a uno de ellos conocido con el apodo de "pichunchu", en la cabeza. Corrió el rumor que la oligarquía bugueña estaba preparando un asalto al colegio. El gobierno y el ejército habían garantizado que no tomarían medidas de fuerza para desalojar a los huelguistas del plantel.
El día 4 de marzo de 1966, hubo una gran actividad todo el día. El comité de huelga estuvo en el batallón palace de la ciudad, en una reunión con el gobierno para tratar de llegar a un acuerdo.
Los compañeros hicieron bombas molotov (botellas de vidrio con gasolina y una mecha para encenderlas antes de lanzarlas) y las almacenaron en el laboratorio de química. El temor al asalto era cada vez más ostensible. Compañeros de otros colegios nos acompañaban como Angelino Garzón del "Benjamín Herrera" de Cali, para pasar la noche dentro del plantel. Entrada la noche, regresaron los dirigentes de la reunión con el gobierno, sin haber llegado a ningún acuerdo. A eso de las once de la noche, caía una ligera llovizna. El compañero José Valencia me recomendó que me fuera para la casa, pues el presentía que algo iba a pasar. Me fui preocupado y me acosté a dormir. Al siguiente día, ocho o nueve de la mañana, mi hermana Maritza me despertó con la noticia que habían matado a un estudiante del colegio. Me dirigí de inmediato y me uní a un grupo de compañeros que comentaban lo sucedido, sentados en una cafetería al frente del colegio por la calle 13, entre ellos Henry Campo. Santrich, un compañero que vivía por mi casa, cerca al parque del cementerio, narro los hechos de la siguiente manera:
Jairo Potes estaba de guardia, los demás compañeros, cansados por el ajetreo del día, se acostaron a dormir temprano, ocupando varios salones de clase acondicionados como dormitorios. A eso de las doce de la noche, sonó la sirena de los bomberos, y se escuchó a un grupo de personas en las afueras del colegio que se hacían los borrachos simulando pelear entre ellos. Jairo le entro curiosidad y salió a observar lo que pasaba. De inmediato, estas personas encapuchadas al estilo del KuKlusKlan, en tropel, forzaron la puerta la cual no pudo cerrar el compañero Jairo Potes, quien alcanzo a tocar la campana antes de correr, siendo perseguido hasta el patio trasero que colinda con el teatro "María cristina", con un edificio de oficinas y con un parqueadero, desde los cuales, otros asaltantes estaban apostados estratégicamente para disparar a los estudiantes que trataran de huir. En su huida, Jairo Potes trepo la tapia que colinda con el parqueadero, desde donde le dispararon una bala que le entro por la quijada atravesándole el cerebro, quedando su cuerpo inerte y yerto, colgado de la tapia. Los disparos se oían por todas partes, los pistoleros encapuchados entraban a los salones dormitorios disparando a quema ropa, procediendo a torturar y humillar con ofensivas amenazas de muerte a los adormilados compañeros, jugando al tiro al blanco con ellos. Al compañero Mario Arcila, oriundo de Manizales, una bala le rozo la mejilla derecha, al compañero José Valencia le hacían tiros entre las piernas intentando castrarlo. Del compañero Angelino Garzón decían que se había escondido en uno de los baños y allí lo habían matado con un hacha. Las paredes y puertas estaban perforadas por miles de tiros.
Después de escuchar este relato, algunos compañeros propusieron tratar de retomar el plantel. Nos dividimos en varios grupos, por las cuatro esquinas que desembocan al colegio, el cual se encontraba rodeado de policía. Avanzamos enfrentado a la policía con piedras por algunas horas. Fracasado este intento, pensamos en reclamar el cadáver de Jairo Potes. Averiguamos donde lo tenían. En ninguna parte daban razón de él. Tenían la intención de enterrarlo secretamente para evitar disturbios. Nos dirigimos al cementerio a esperar vigilando todas las calles que conducen a este.
Por la tarde, como a las 4, nos avisaron que lo traían en un campero, en un cajón hecho de tablas rusticas. Detuvimos el carro bloqueando la calle. Recuerdo entre otros al compañero Porras, de Tuluá, quien era tuerto. Recuperamos el ataúd, lo cargamos en hombros arengando a los vecinos para que nos acompañaran al cementerio. Lo pusimos frente a la puerta, cubierto con una bandera de Colombia. La gente, cada vez más numerosa, hizo un círculo amplio frente al ataúd, escuchando los discursos doloridos y combatientes de los compañeros. A eso de las 5, se hizo presente el ejército rodeando a la multitud. Con ellos llegamos a un acuerdo para realizar las honras fúnebres.
A esa misma hora, entre la multitud, encontré al compañero Mario Arcila, pálido, triste y demacrado. Hacía poco lo habían soltado del batallón adonde lo habían llevado la noche anterior, después de la asonada. A los pistoleros asaltantes los dejaron ir, sin problemas, mientras a los compañeros agredidos los llevaron para reseñarlos. Esto es un ejemplo de cómo funcionan coordinadamente y en equipo, los agentes del poder social con la oligarquía criolla pro imperialista, para defender su orden, su ley, tanto a nivel local como internacional
Federico García Lorca Romance de la luna luna Romancero gitano / 1924-1927
Leído por Luigi Maria Corsanico.
Manuel De Falla, Nana, Nadège Rochat & Rafael Aguirre
La luna vino a la fragua con su polisón de nardos. El niño la mira, mira. El niño la está mirando. En el aire conmovido mueve la luna sus brazos y enseña, lúbrica y pura, sus senos de duro estaño. Huye luna, luna, luna. Si vinieran los gitanos, harían con tu corazón collares y anillos blancos. Niño, déjame que baile. Cuando vengan los gitanos, te encontrarán sobre el yunque con los ojillos cerrados. Huye luna, luna, luna, que ya siento sus caballos. Niño déjame, no pises mi blancor almidonado. El jinete se acercaba tocando el tambor del llano. Dentro de la fragua el niño tiene los ojos cerrados. Por el olivar venían, bronce y sueño, los gitanos. Las cabezas levantadas y los ojos entornados. Cómo canta la zumaya, ¡ay, cómo canta en el árbol! Por el cielo va la luna con un niño de la mano. Dentro de la fragua lloran, dando gritos, los gitanos. El aire la vela, vela. El aire la está velando.
Los días siguientes a estos sucesos fueron lúgubres, en una ciudad de por si misma tranquila y calmada. El toque de queda, la prohibición de reunirse en lugares públicos y la militarización de la ciudad, obligaba a permanecer en las casas. Tiempo que aproveche para leer el libro "El jorobado de notredame (nuestra señora de parís)" y "las aventuras de Tom Sawyer": Este último lo relaciono con la amistad que tuve con el hermano de Ricardo Duque, una personalidad neurótica, hiperactivo, quien tenía conflictos con su familia. Jugábamos en el patio de su casa con sus secretos y sus inventos. Tenía caletas en la tierra, donde guardaba entre otras cosas sus cuchillos.
Como al tercer día del toque de queda, Salí por la tarde a observar un poco. En la esquina de mi casa, calle 16 con Cra. 6, me encontré con 3 compañeras del Instituto Julia Restrepo de Tuluá. Se alegraron mucho al verme, nos abrazamos como hermanos de un mismo dolor. Ellas pensaban que el muerto era yo, pues en Tuluá se decía que el muerto era quien había estado con un buzo blanco en la reunión de la integración, el cual Jairo me había prestado mientras el bailaba y yo escuchaba la conversa de los compañeros. Fuimos al colegio y se estremecieron al enterarse de todo y al ver solo militares en todas las esquinas del centro de la ciudad y del colegio, en remodelación, lleno de escombros. No querían dejar huellas de los disparos.











